Mi viaje al centro de la pobreza

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La casualidad quiso que yo la viera de frente a los ojos, reflejada en la mirada de Hugo, de 11 años, que me miraba extrañado parado justo bajo el marco de la puerta de entrada a su casa, de adobe, como todas allí. Iba en misión periodística a otra cosa, pero la imagen despertó en mi la curiosidad: dejé de llevar la vista al frente como los caballos y, quizás contra lo aconsejable, los empecé a mirar. En esta villa miseria, donde pobreza y delincuencia se mezclan hasta los límites, en cada casa había no menos de cinco o seis hijos. Luego, hablando con la gente, descubriría familias de 17 hijos.

Vivo y trabajo en la ciudad de San Rafael. Mi llegada esa tarde a la Isla del Río Diamante, uno de los conglomerados más peligrosos y pobres (otra vez esas dos palabras juntas, pese a ser cosas muy distintas) de mi región. Como dije, iba a otra cosa, estaba preparando un informe sobre la imagen de una virgen que supuestamente exuda aceite, fenómeno que tiene muchos adeptos.  Este barrio, como casi toda villa miseria, tiene una calle que es la entrada principal y luego se expande hacia los costados por angostos pasillos, que se cruzan en forma recta y diagonal. El horario era de tarde, creo que cerca de las 18, y apurábamos el paso porque, sin decirlo, todos sabíamos que la noche convierte al barrio en lobo.

En uno de esos callejones de tierra, cuyos nombres refieren a especies de flores, mi mirada se encontró con la de Huguito, un niño de piel morena que, pese al frío, estaba descalzo y en remera gastada. Verlo a él y sus hermanas, casi todos con los mocos sobre su rostro y, la mayoría, ofreciendo una sonrisa, salvo Huguito, me hizo virar mi objetivo.

Tras cumplir mi tarea periodística original, me interesé en la historia de esta gente,  a través de la de la familia de Hugo. No fue fácil, pues  ahí hablar con un extraño está mal visto. Una mujer que iba siempre al tema de la virgen, hizo de intermediario. La madre de Hugo, algo nerviosa, me atendió en la puerta de la casa, él me miraba serio. La mujer tenía 9 hijos, había un esposo original ausente y un segundo con problemas de bebida. Dos hermanos estaban encarcelados por robo. Huguito era el mayor, ayudaba a su padrastro a hacer changas para ganarse el pan diario, que faltaba en ocasiones.

Después de varios minutos de mi informal entrevista con su amdre, note que Hugo miraba insistenetemente mis zapatillas. Yo volví a mirar sus pies y fue ahí que supe que yo estaba allí, en ese momento, con aquél niño de rostro parecido a tantos otros, por una razón; yo ayudaría a Huguito, con mi grano de arena.

No voy a extenderme demasiado con mis siguientes visitas, esos mates riquísimos, el robo que sufrí en el barrio, cómo mi amigo Hugo logró que me devolvieran parte de lo robado, tampoco hablaré de los sueños de Julieta, una de sus hermanas, de ser modelo. Ella puede, tiene los ojos verdes más intensos que he visto en mi vida. En mi segunda visita sentí el placer inmenso y anónimo de ayudar a alguien; un par de zapatilas casi nuevas, tres o cuatro pares de medias, dos remeras gastadas y dos docenas de raspaditas fueorn mi contribución. Pasé una hora y media allí dentro, quizás la hora y media más feliz de mi vida. Sin embargo, mientras mi amigo abría sus regalos, no pude evitar notar las miradas tristes de sus hermanos, ellos eran espectadores. Mi generosidad choca con mi bolsillo, me sentí mal por momentos, esa sensación se me fue cuando Hugo les convidó de las raspaditas y esas caras sucias se iluminaron con sonrisas. Otro intento de robo me ha alejado de esa casita de adobe perdida en el corazón de la pobreza de mi ciudad. No voy ser un hipocrita, econozco que sólo me acuerdo de ellos cuando paso por el puente del río Diamante, que está sobre el barrio de Hugo. Desde el puente, que irónicamente es el paso obligado de miles de turistas hacia los hermosos paisajes naturales de mi ciudad, la vida parece una sola, la pobreza se asemeja a una postal, las historias de familias con cero eduación sexual no logran penetrar la distancia. Desde ese puente, Hugo es un recuerdo.

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5 comentarios en “Mi viaje al centro de la pobreza

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  2. Imagina tener que vivir en medio de este tipo de historias. A mi me sucede lo mismo frecuentemente, y a veces me da lástima no poder hacer mayor cosa por esas caritas sucias de ropas desteñidas, una cosa si es cierta, aprendo a fijarme más en las cosas de real valor en la vida y me preocupo menos de “mis” necesidades.

    Buen post amigo, te felicito. 😉

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