Cuando la piel habla

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El tatuaje, en un estrato de la sociedad, es una moda, un símbolo de rebeldía, incluso un recurso estético. Pero hay otro sector en el que el tatuaje es mucho más significativo que eso. Los tatuajes carcelarios.

En medio del tedio, en un encierro donde el tiempo parece quieto, Juan Carlos, un preso de 22 años, se saca la remera y le pide a su compañero de celda que le pinche la aguja sobre el dibujo que se ha hecho en el brazo: es una espada rodeada por una serpiente y representa la muerte de un policía (ver original).

Hace un tiempo me tocó cubrir para el diario un escalofriante caso de homicidio. Un reo salido en libertad condicional no mucho antes, asesinó a un joven de unas 30 puñaladas. No conforme con eso, le cortó un tatuaje que tenía en la espalda. No entraré en los detalles de las declaraciones de sus cómplices, que señalaron que masticó ese pedazo de piel con el tatuaje y dijo “está salado”. Sólo quiero referirme a una de las hipótesis que se manejó respecto a por qué había hecho eso. Se dijo que lo hizo (aunque nunca se comprobó) porque el joven lo había delatado en una causa entonces no merecía el “estatus” que le daba ese grabado. Jerga carcelaria, que le dicen.

La colección de tatuajes en el Departamento de Medicina Forense de la Universidad Jagellónica de Cracovia, Polonia, se compone de 60 objetos conservados en formol. Los tatuajes fueron recogidos de los presos de la penitenciaría, así como de los difuntos a quienes les fueron practicadas necropsias. El estudio señala que la mayoría son conexiones entre los internos y llevan consigo información. De hecho, muchas cárceles de países del primer mundo fotografían y estudian cada tatuaje en el cuerpo de los reos en busca de mensajes, de nuevas técnicas de comunicación secreta.

“Muchas veces un pandillero nuevo en la cárcel lleva inscripto en su cuerpo el mensaje de matar a determinado rival dentro de la cárcel”, escuché decir a un guardia en un programa de Discovery sobre cárceles. Lo hacen para evitar riesgos de ser relacionados con el crimen, para volver invisibles losplanes criminales.

Los tatuajes tienen patrones y muchas veces representan pertenencia: a una banda (los famosos Maras centroamericanos lo usan mucho), a una raza, un barrio o a una categoría de delincuente.

No es lo mismo ser un ladrón, un homicida, que un violador. En Argentina, la marca identificatoria de un violador es este tatuaje.

La manzana comida tiene detrás una historia sangrientay que marcará a fuego la estadía de su portador: significa que quien lo lleva es la “mujer” de los demás presos. Será violado cada vez que el resto pueda y quiera y deberá realizar tareas “de hogar” para los demás, eso si tiene suerte, y no es asesinado antes. Ser violador, o violín, como se dice en Argentina, es una deshonra entre los delincuentes.

Hace unos meses, hablando con un guardiacárcel argentino, este me contó que cuano ingresan a un nuevo violador a la cárcel, los encargados de su traslado suelen “informar” su delito con una seña musical: hacen un movimiento con una mano sobre la otra, simulando el que hace un violinista al ejecutar su instrumento. El mensaje es claro: se trata de un violín.

Como en muchas cárceles hacerse un tatuaje no es sencillo por la falta de elementos para realizarlos o directamente porque está prohibido hacerlos, los reos agudizan su ingenio para realizarlos. Este es uno de los modos.

Se queman una ojota. Se coloca un plato y el humo que sale de la ojota se hace hollín que se pega al plato. Después ese hollín se raspa con una moneda. Se le pone un chorrito de orina , agua, pasta dentífrica y lista la tinta.
Se comienza a raspar la piel con las agujas y se traza el diseño.
Cuando empieza a brotar un poquito de sangre, se mojan las agujas en tinta china.
Se sigue raspando hasta que se vea que la tinta ha llegado a cierta profundidad de la piel.
Con alguna tela, se cierra bien fuerte y haciendo presión sobre la zona tatuada. El siguiente es un “arma tatuadora”, usada en prisiones yanquis.

En la década del ’70 en Varsovia las autoridades analizaron 2.300 tatuajes para finalmente llegar a crear un catálogo de ellos. El proyecto de la universidad polaca de la que hablaba al principio muestra algunos de ellos en el video de este texto que recomiendo (en inglés).

El criminólogo español Rafael Salillas llevó a cabo un exhaustivo estudio sobre los tatuajes en los centros penitenciarios españoles en relación con el ambiente marginal y de exclusión social de las poblaciones de dichas instituciones.

Las partes preferidas del cuerpo son los brazos, en primer lugar, y el torso, en segundo lugar. Los motivos religiosos predominaban en presos por delitos de agresión personal y los motivos emocionales en presos por delitos de robo. Suele abundar la presencia de iniciales y ello tiene que ver con las relaciones sociales y la historia social personal de cada sujeto.

Muchas veces el tatuaje expresa un sentimiento religioso que acompaña al reo por muy delincuente que sea. Los tatuajes eróticos, amorosos, obscenos, se encuentran en un 15 a 20% de los estudiados. Hay tatuajes exhibicionistas propios de psicópatas sexuales, tribádicos propios de lesbianas o pederastas. Los tatuajes eróticos llegan al 40% en esas estadísticas (ver texto original).

Muchas veces los tatuajes se convierten en el peor enemigo para los portadores. Violadores que son apresados por “ese tatuaje en su mano”, ladrones que son identificados por el tatuaje de la muñeca, etc. Ni la condición sexual se sava de tener su propia marca. En Argentina (vale la aclaración porque las significancias cambian de acuerdo a los países) un gay llevará marcado un alacrán.

Uno de los más elocuentes y sangrientos es el que representa la muerte de un policía. El delincuente que lo porta informa que es el asesino de un policía. Entre rejas, esa sola información le dará poder, sabido es el odio de los malvivientes hacia la ley, encarnado en quienes la representan. Este es el símbolo que lo ejemplifica; una serpiente enrollada en una espada.

En la imagen de apertura de este texto, los cinco puntos representan el odio a la policía. El punto del medio es el oficial, y los otros cuatro son los delincuentes rodeándolo.

El estigma se materializa en el tatuaje. Y se vuelve tan permanente como el color de la piel. Sin ser signos congénitos, los tatuajes son una marca permanente. El tatuaje visibiliza un estigma que podría permanecer relativamente oculto. Al menos, no tan visible físicamente. El tatuaje, así como la forma de vestir, crea una deformación física que no existía. Previene y provoca al transeúnte contra su portador. Un delincuente común quiere operar de forma solapada. El pandillero tatuado se denuncia ante sus víctimas potenciales. Mientras el ladrón premeditado disimula e intenta no delatarse, el pandillero se exhibe. Situado en las antípodas del cálculo del ladrón profesional, el pandillero muestra espontaneidad en la elección de su víctima, irracionalidad en su arrojo, improvisación de sus recursos y rasgos que denuncian su propósito: los tatuajes del curriculum, la jerga que activa una alarma, la forma de caminar.

El tatuaje tiene la propiedad de relegar, marginar. Como todo símbolo, el tatuaje provoca un diálogo y crea relaciones, o recrea las relaciones, reproduce y exacerba marginaciones. El estigma previamente existente de la marginación se cristaliza en las señales distintivas del pandillero y éste se convierte en un militante de su estigma. Los tatuajes, el particular atuendo, la manera de hablar y la forma de caminar son la señal, el aviso, de que ellos se inscriben en el grupo de los desacreditados. Provocan su desacreditación, levantan la sospecha. Procuran que sea perceptible su condición de estigmatizados, rebeldes y divorciados del orden establecido. Logran ser definidos por los demás en términos de su estigma (ver texto original).

El amor a las madres, el culto a un ídolo o santo (San La Muerte está de moda entre reos sudamericanos), un club de fútbol y muchos motivo más, son otros de los tipos de tatuajes elegidos en el mundo carcelario.

Quitar esa marca, esa identidad, se conivierte a veces en el objetivo para recuperar del mal camino a un pandillero, como intentan hacer en El Salvador (ver original). Quitárselo, incluso para quienes no han cometido delito alguno más que olvidarse que eso los acompañará por siempre, ya es otro tema, nada sencillo.

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Un comentario en “Cuando la piel habla

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