El preso que no quería salir

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Tenía 88 años de los cuales 30 los pasó encerrado. Cuestiones de la vejez y familiares se combinaban para que Oscar Cubillos, un chileno residente en la provincia argentina de Mendoza, se negara a recuperar su libertad. Casi a los empujones, Cubillos salió de la cárcel de San Rafael el 17 de setiembre de 2006.

Este personaje fue una de las notas más curiosas que me ha tocado hacer en mi carrera periodística, y además, una de las de mayor repercusión, ya que su caso fue reproducido por todos los medios argentinos (incluido en la tapa de Clarín) y de Chile y Brasil. Tres días después, cuando lo obligaron a abandonar las rejas, se fue a vivir a una zona de campo con su hijo.

Hacia frío, mucho frío, al llegar, Oscar apareció parado en la puerta ataviado con un gorrito. Estaba mucho más viejo que cuando lo vi tres días antes en la cárcel. En esta nueva entrevista me iba a sorprender con sus declaraciones.

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“Si las puertas (de la cárcel) me las abren, quiero entrar para adentro, porque como me han tratado es una cosa de locura”, señaló, no sin antes pedir que “cuiden el jardín” del patio de la cárcel, lo que solía hacer en tiempos donde ser libre para él era estar preso. Redundancias textuales aparte, en algún momento este reo, que en ese momento era el preso más viejo de Argentina, ya que no había querido acogerse al beneficio de prisión domiciliaria, me pareció un personaje extraído de una novela de Gabriel García Márquez.

Es que, por los achaques de su edad, tenía algunas incongruencias, lo que sumado a su forma de ser natural y espontánea, lo caracterizaban como un personaje riquísimo.“Acá estoy porque yo quiero y me mantengo con mi plata”, me dijo la primera vez que nos vimos, con el director de la cárcel delante. Es que Cubillos se ganaba unos pesos cuidando y manteniendo el jardín del patio de la prisión. En un momento de aquella primera reunión, el director le hizo un chiste diciéndole que le va pasar la factura para que pague todo lo que comió. ¿Qué quiere, hacer negocio conmigo?”, respondió desatando las risas de los guardias que presencian la escena. “He tenido problemas con otros presos, me he tirado golpes y me ha ido bien pese a que no soy muy turco para las porras, pero me respetan y se corren del pasillo”, aseguraba. La charla con él no fue sencilla, porque cambiaba de temas buceando en su mente en un baúl de recuerdos personales imposible de comprobar. Así, hablaba primero de una pelea con alguien que le robó un caballo, de un posible compañero de trabajo en una mina de oro que murió aplastado, del nombre que se hizo domando caballos y de que no veía a sus hijos varones hace un año pero que anotaba cuando vienen. irritado respondió: “¿Qué, usted

Alguien dijo “es que el pobre viejo está perdido”, justo luego de que su memoria falle ante la pregunta de por qué estaba preso (por homicidio), a lo que sólo atinó a responder “por una discusión con el administrador de la finca donde trabajaba”.

Ese primer día caminaba por los pasillos tumberos por última vez y antes de llegar a la calle pasaba por los jardines que el mismo regaba en los tiempos en que se negaba a irse y caminaba por allí a placer, porque era casi como un viajero, que en vez de un hotel eligió la cárcel.

La historia de este hombre era de película desde su migración desde Chile a Argentina. Así lo reflejaban los recuerdos de Eliana, otra de sus hijas, que contó cómo fue cruzar la cordillera de los Andes –él, su esposa y 6 hijos– a pie en una travesía de ocho días. “No sabés lo que fue, no dábamos más, en un momento yo me cansé y me tiré de espaldas en un peñasco y ellos siguieron. Se ve que no se dieron cuenta de que me habían dejado. Ya casi llegando al puesto donde íbamos él se dio cuenta y se volvió un montón de kilómetros y me tuvo que cargar al hombro de lo cansada que estaba”.

Luego de la segunda vez que lo vi, ya viviendo en el campo con un hijo, me alejé temiendo que fuera mi último encuentro con él. Meses después murió, seguramente soñando con volver a la prisión y recorrer los pabellones. Recibir el saludo de “cómo anda Don Cubillos” de los guardias y cuidar su amado jardín, ese mismo que hoy luce apagado, marchito, como esperando a alguien.

Links a las notas que hice. Una y dos. Y a la de Clarín.

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3 comentarios en “El preso que no quería salir

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